CARLO FRABETTI. La banalidad del bien

La superficialidad es el único pecado.

Oscar Wilde, De profundis

Decía Martin Luther King que lo más lamentable de nuestro tiempo no son los crímenes de los malvados, sino el escandaloso silencio de las buenas personas.

Es preocupante que haya un 2 % de psicópatas; pero lo realmente grave es que vivamos en una sociedad en la que los psicópatas, los megalómanos y los narcisistas tengan muchas más probabilidades que los demás de llegar a puestos de poder precisamente por su egotismo y su falta de escrúpulos. Y por el escandaloso silencio de las buenas personas. Porque no solo hay una banalidad del mal, como decía Hannah Arendt, sino también una banalidad del bien, que es su complemento dialéctico y su cómplice necesario.

Las personas sensibles al sufrimiento ajeno y partidarias de una mayor justicia social (lo que el Evangelio llama “gentes de buena voluntad”) son mayoría; pero, por una serie de razones que merecerían un estudio minucioso, esta bondad visceral rara vez va más allá de lo que se ha dado en llamar “buenismo”; es decir, rara vez va más allá de las buenas intenciones (esas buenas intenciones de las que está empedrado el camino del infierno, como decía Dante), rara vez da lugar a una actitud combativa o cuando menos asertiva.

No es lo más grave, siéndolo mucho, que en unas elecciones esperpénticas opten a la presidencia de la Generalitat el monstruo de Franconstein (hecho de trozos de cadáveres políticos), la prima boba de Cruela de Vil y un osito domesticado que baila al son del himno nacional español; lo más grave es que muchas buenas personas lo acepten sin rechistar.

Muchas, pero no todas. En Catalunya, al menos, hay unos tres millones de personas -las que votaron el 1-O y las que lo intentaron a pesar de la brutalidad policial- que no se instalaron en el buenismo ramplón del que otorga callando. En Catalunya, bendita sea, hay una mayoría no silenciosa con un arraigado sentido de la dignidad y una admirable capacidad de autoorganización, y no podrán acallarla ni la banalidad del mal ni su necia comparsa, la banalidad del bien.

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2 comentarios

  1. Muy de acuerdo contigo, Carlo. Y, por tanto, parece que la cuestión clave consiste en cómo hacer para transmitir esa actitud combativa -o al menos asertiva- en esa mayoría de personas, que son sensibles al sufrimiento y ven necesaria una mayor justicia social. No es nada fácil.

    Salut

  2. Fedepobremarx

    Interesante reflexión. El bien es una máscara que eligen los más perversos para disfrazar su maldad. Y no sólo en tempos de carnaval, sino a diario.

    Por eso no es solo necesario una transvaloración de los valores, como quería el racial Nietzsche; sino una subversión revolucionaria de todos los valores que cotizan en Bolsa y nos hacen añicos convirtiéndonos en sujetos basura despreciados y despreciables.

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