CARLO FRABETTI. El tigre de Tarzán (Carta abierta a Juan Marsé)

 

Querido Juan:

No es probable que recuerdes, después de tanto tiempo, la discusión que mantuvimos sobre Tarzán a raíz de un artículo mío en el que mencionaba a los dos Burroughs (William y Edgar Rice). Yo sostenía que las historias de Tarzán eran pueriles y reaccionarias, por absurdas, clasistas y racistas, y como ejemplo de la insolvencia de su autor mencioné que había llegado al extremo de situar a un tigre en la selva africana, mientras que tú decías que todo eso era secundario y no mermaba la grandeza de unas novelas de aventuras capaces de inflamar la imaginación de varias generaciones.

Mucho tiempo después (como creo recordar que dijiste alguna vez, te entretienes charlando con unos amigos y a la que te descuidas han pasado veinte años), sigo pensando que yo tenía razón, pero con una diferencia: ahora creo que tú también la tenías; hablábamos de cosas distintas, y la discusión no se prolongó lo suficiente como para que ambos discursos confluyeran y pudiéramos llegar a algún tipo de síntesis dialéctica.

Y quisiera pensar que algo similar podría suceder tras mi profundo desacuerdo con tu conmovedora (lo digo de corazón y sin la menor ironía) carta a Jaime Gil de Biedma, Otoño del 59, verano del 66. Quisiera pensar que, al igual que cuando hablábamos de Tarzán, al hablar del mal llamado “conflicto catalán” nos referimos a cosas distintas, y que nuestros respectivos discursos podrían confluir en un diálogo esclarecedor. Quisiera pensarlo, pero no puedo. Porque la historia del “conflicto catalán” (la versión oficial) no la cuenta un escritor fantasioso que no pretende engañar a nadie, como en el caso de Tarzán: la cuentan los grandes medios al servicio del poder y quieren convencernos de que hic sunt tigres, como se escribía en los mapas antiguos para advertir de los peligros de las tierras incógnitas. Y al parecer tú has dado por bueno el cuento del tigre catalán, aunque en el fondo sabes tan bien como yo que es un tigre de papel; un tigre no solo ficticio, sino absurdo, como el de Tarzán, tramposamente situado en un lugar en el que no tiene cabida, y donde no hay más fieras

que las que traen de fuera. Y aunque estoy de acuerdo con algunas de las cosas que dices en tu carta a Jaime, hay una frase que parece escrita al dictado y que no me permite pensar en confluencia alguna: “Hoy vivimos en una democracia, en un Estado de derecho, pero aun así, todo y haber recuperado al fin las libertades y la autonomía, ya sabes que la cabra tira al monte”.

Porque si de verdad crees que la democracia es compatible con la brutalidad policial, con las torturas y malos tratos sistemáticos, con la ley de partidos y la ley mordaza, con la dispersión de los presos políticos, con el régimen FIES, con los desahucios masivos, con la corrupción generalizada, con la sumisión al imperialismo estadounidense, con un reyezuelo mataosos impuesto por un dictador sanguinario y otro que elogia públicamente a los represores, con una “fiesta nacional” que es la celebración de un genocidio, con un nacionalcatolicismo inamovible y una extrema derecha intocable, con la creciente desigualdad social y la malnutrición infantil…; si de verdad crees que hemos “recuperado al fin las libertades” porque ahora pueden salir mujeres desnudas en las revistas, y que los que no nos conformamos con eso somos cabras que tiran al monte, entonces me temo que, si alguna vez volvemos a vernos, será mejor que no hablemos de política. Tendremos que limitarnos a hablar de Jaime y de Manolo, de Carlos y de Terenci, de Ana María y de Montserrat, y de tantas amigas y amigos comunes que se nos han ido, como un par de ancianos que, como dice Jaime en De senectute, se acuerdan de la vida pero a saber dónde estará. Porque reconozco que yo, después de tantas muertes y tantas pérdidas, ya no sé muy bien dónde está la mía, lo que queda de ella.

Pero sigo sabiendo dónde está la única vida que merece ese nombre, la única vida que vale la pena vivir: en la lucha por la emancipación de las personas y de los pueblos. Por eso el 1-O estaba en un colegio de Girona defendiendo, más que unas urnas en las que en este contexto no creo demasiado, a quienes reclaman su derecho a decidir y no se dejan amedrentar, en quienes creo plenamente.

Sé que no contestarás a esta carta, y es probable que ni siquiera la leas; pero tampoco es probable que Jaime lea la tuya. Al menos en una cosa seguimos estando de acuerdo: en la necesidad de hablar aunque parezca inútil.

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10 comentarios

  1. Juan, seguramente, no te lea. Pero los que sí te leemos, te damos las gracias por haberla escrito y por ponernos delante de los ojos unos hechos y unas realidades que se suelen pasar por alto en el discursito de que en este Reino existen libertades reales y derechos de andar por casa.

    Gracias por romper la urna de cristal del discursito de las mentiras francobourbónicas.

  2. Ignacio González Orozco

    Muy acertada.

  3. HOY breve comentario–bergamin,cuanto se te hace de menos.Alfonso sastre,que pena que tu avanzada edad,te impide estar en la primera trinchera,de la batalla de las ideas.Conclusion provisional,el estado español,ha escupido a los sinceros seguidores de luther king y mahatma gandhi,en cataluña.Y va a tener un conflicto ulsterizado,de primera division en las tierras ibericas.¡¡Salud,republicas,internacionalismo¡¡

  4. Carlo ni puta idea de tu diatriba con el tal Juan.

    Por lo que dices. Le apuntas que en África no hay tigres. Supongo que ello se debe a que quien escribió la historia NPI de fauna africana y mundial. Sin embargo el tal Juan, querido tuyo, dijo que eso era secundario y no mermaba su grandeza.

    Pero observó que la grandeza en algunos «intelestuales» de las letras muy críticos con los malhablados de a pie, corren tupido velo cuando otros del mismo género les DESLUMBRAN. Da lo mismo un tigre en África, como un pingüino en el desierto Mojave.

  5. Carlo Frabettti

    A AISADER
    Muy cierto. Diríase que muchos escritores (no todos) se creen por encima del bien y del mal y que lo único que cuenta es la literatura. Lamentable.

  6. Señor Carlo Frabetti:
    La constitución, la democracia, la situación política española y la gestión del gobierno central es mucho más que mejorable, y comprendo y comparto su indignación respecto a muchos temas que plantea. Pero el fin no justifica los medios. Y éste es un principio fundamental de cualquier demócrata.
    La corrupción afecta también, y muy gravemente, a partidos que han emprendido la senda independentista. Y resulta curioso y sospechoso que usted no haga ninguna alusión a ello. También condeno cualquier tipo de desproporción en el uso de la fuerza física por parte de las fuerzas de seguridad, incluyendo la brutalidad policial con la que se han reprimido en Cataluña manifestaciones y concentraciones pacíficas anteriores al lamentable 1-0. Por cierto, ¿tiene para usted alguna responsabilidad en lo que sucedió aquel día quienes, saltándose la legalidad de un modo tramposo, convocaron un referéndum ilegal, polarizando y dividiendo en dos a la sociedad catalana? ¿O los únicos demonios con cuernos y rabo son, para usted, los representantes políticos con ideas dispares a las suyas? Porque otro principio básico de un demócrata es la necesidad del adversario.

    Respecto a la «Cataluña oprimida» por el estado español, me gustaría que se pusiera en el lugar de los ciudadanos de la otra Cataluña que para ustedes parece no existir, la Cataluña no independentista, cuyos derechos han sido vulnerados y pisoteados en el parlamento catalán.

    Comparar la situación de esa “Cataluña oprimida” que se salta la ley en pro de su liberación con la situación de tiranía que han vivido muchos pueblos y colectivos sociales a lo largo de la historia es ignorar lo que es vivir en la opresión, y no valorar lo que es vivir en libertad y democracia, por muy mejorable que ésta sea. El problema de la democracia es que es muy aburrida, sobre todo para quienes necesitan vivir en la excitación emocional de sentirse permanentemente como un David frente a Goliat. Por favor, señor Frabetti, su tono y lo que cuenta en su carta abierta adolece de una cierta «adultescencia mental».

    Le voy a hacer dos recomendaciones:
    – La lectura del editorial de Charlie Hebdo, revista no sospechosa de herejía reaccionaria, que, el día posterior a la última sesión del Parlamento catalán decía, entre otras cosas:
    «La independencia de Cataluña no tiene como objetivo liberar a esta región de una tiranía que ya no existe, ni permitir a su economía tener una prosperidad que ya tiene, y menos aún tener el derecho de hablar una lengua autorizada hace mucho tiempo.»

    – La lectura de un artículo de Jordi Soler publicado en El país hace unos años y titulado «La independencia radical». Me parece una contradicción que un pensamiento de izquierdas como el que parece tener usted pueda aliarse con una ideología de raíces tan insolidarias, ultraconservadoras y reaccionarias como el nacionalismo.

    Aunque también sé que no leerán mis palabras, aprovecho la ocasión para agradecer su honestidad y su valentía a Juan Marsé y a los intelectuales de izquierdas que han firmado el manifiesto contra el referéndum ilegal y la DUI, considerándolas estafas antidemocráticas. Afortunadamente, gran parte de la izquierda no se deja engañar por esa demagogia simplista que ha vinculado «independencia y libertad», por una parte, y «unión nacional y represión», por otra.

  7. Carlo Frabettti

    Estimada Ana, he leído los textos que mencionas, y muchos otros similares, que no saben o no quieren enterarse de que hay un independentismo reaccionario y excluyente y otro internacionalista y solidario; para no extenderme, te remito a mi reciente artículo «La patria de los obreros».
    Los partidos independentistas a los que yo respeto y apoyo no son sospechosos de corrupción alguna, y los catalanes no independentistas (a los que respeto plenamente mientras ellos respeten a los demás) no han sido apaleados ni encarcelados por sus ideas.
    Pero la clave, como le digo a Marsé, es creerse (o fingir creerse) que el régimen del 78 es una democracia o no creérselo.
    Independencia y libertad son sinónimos, no es necesario que nadie las vincule. Unión nacional y represión no tienen por qué ir juntas; pero eso díselo al Gobierno.

  8. «Bien, y ahora ¿quién nos liberará de nuestros liberadores?»
    Nicanor Parra

  9. Totalmente de acuerdo con las palabras que escribió hace poco Antonio Muñoz Molina sobre Juan Marsé:

    «No puedo contenerme ahora mismo. No quiero. Acabo de ver una foto de Juan Marsé cruzada por un letrero escalofriante en catalán: Renegado. Su cara noble como de boxeador viejo en primer plano, y esa palabra siniestra, esa acusación, ese estigma. Juan Marsé es un renegado por decir aquello que lleva diciendo desde hace más de medio siglo: lo que le da la gana. De muy joven Marsé empezó a escribir novelas que rompían con furia y belleza el sopor policial del franquismo. Fue el cronista de la Barcelona de las periferias emigrantes y de los barrios burgueses, con una ambición abarcadora de novelista francés del XIX. Su primera obra maestra Últimas tardes con Teresa , estaba llena de citas de Stendhal y de El rojo y el negro: Manolo el Pijoaparte era un trepador empujado por el instinto y el rencor de clase, como Julien Sorel, con un fondo suburbial y felino de rumba catalana. Marsé ha escrito y dicho lo que le da la gana hasta el punto de que su novela más grande, Si te dicen que caí, la publicó en México en 1973 para no someterse a las censuras y las autocensuras inevitables en España. Cuando se publicó aquí, en 1977, nos estallaba en las manos a quienes queríamos ser escritores, contar el mundo cercano y al mismo tiempo construir edificios luminosos de literatura. La libertad con la que había sido escrita esa novela era el anticipo de la que nosotros mismos queríamos ejercer en la literatura y en la vida. Marsé escribía un castellano tan libre porque era para él una lengua fronteriza, entrecruzada con el catalán, empapada de él. Marsé es un hombre íntegro, sentimental y huraño que puede enfadarse mucho, y lo ha hecho muchas veces, incluso con gran escándalo público.

    Ahora los patriotas del banderazo y la hoguera han decidido señalarlo con lo que para ellos es el peor de los insultos: renegado. Un renegado es peor que un extranjero, porque a su alevosía une la condición de traidor. Los héroes de la libertad de los pueblos no sienten el menor interés por la libertad de las personas. Los pueblos son abstracciones a las que se puede atribuir cualquier virtud y hasta cualquier impulso de ira justiciera. Para mantener siempre su pureza necesitan enemigos exteriores y chivos expiatorios. Cualquier sátrapa y cualquier aspirante a comisario político puede ejercer con éxito la ventriloquía patriótica o justiciera y presentarse como portavoz del pueblo. Las personas concretas tienen una cara, una voz, una voluntad soberana o caprichosa. También tienen domicilio, y número de teléfono. Si las señalan son muy vulnerables. Algunas tienen trabajos y corren el peligro de perderlos. Juan Marsé fue un resistente contra la dictadura y es uno de los grandes escritores de España y de Cataluña, pero ahora resulta, a los ochenta y tantos años, que es un renegado. La foto de un renegado se puede quemar. También puede servir para acosarlo.

    Se trata de una figura muy útil. Las democracias se hacen con ciudadanos. Las patrias viscerales necesitan extranjeros, enemigos, traidores, apóstatas. Renegados. Nada define mejor a una patria que la designación de un enemigo. Cuando era joven, Juan Marsé formó parte de lo que los franquistas llamaban la anti-España. Ahora lo han arrojado a la anti-Cataluña, en compañía , entre otros, de enemigos como Antonio Machado, Goya, Calderón, Negrín…

    Todo esto es de una inmensa tristeza, de un aburrimiento insufrible.»

    http://xn--antoniomuozmolina-nxb.es/2017/09/los-impuros/

  10. Como no ha sido publicada mi respuesta a su último comentario, señor Frabetti, lo reenvío. Espero no resultarle cansina.

    Estimado señor Frabetti:

    Agradezco su tono respetuoso, lejano al que se ha empleado en Cataluña contra quienes no son independentistas, tachados a menudo de «fascistas» por no comulgar con ese pensamiento único y sectario que se ha querido imponer. Rechazo, como usted, cualquier tipo de violencia: la violencia física sufrida por personas quizás no independentistas muchas de ellas que se manifestaron pacíficamente hace años en la plaza de Catalunya, la violencia institucional que se ejerce vulnerando derechos en el parlamento, o el hostigamiento y la violencia verbal que han sufrido muchos ciudadanos por decir lo que piensan. Creo que personas como Joan Manuel Serrat, Juan Marsé o Isabel Coixet no se merecen los insultos que han recibido por expresar sus ideas. Esta hostilidad y desprecio por expresarse libremente me parece que es un claro indicador de fanatismo.

    Intento evitar las grandes palabras que, como alguien decía, siempre producen grandes desastres. Pero permítame que le diga que no creo en las fronteras ni en las patrias, y menos cuando se crean artificialmente entre los ciudadanos con razones que no acierto a comprender; la única que se me ocurre en el caso de Cataluña es la insolidaridad y el deseo de tapar la corrupción. Es triste e injusto que se haya destinado tanto dinero a promover la independencia de Cataluña habiendo tantos ciudadanos que, como muy bien dice usted, han sido desahuciados. Llama la atención que el tema social haya sido eclipsado de los debates políticos por el monotema del independentismo.

    Yo sí creo que ese régimen del 78 es muy mejorable, pero nos ha dado años de estabilidad. Hablar de represión social o política en este sistema democrático es banalizar el dolor de muchas personas y pueblos que, incluso en el mundo de hoy, sufren una verdadera falta de libertad. Muchos españoles que vivieron la terrible represión franquista tuvieron la generosidad de «tragarse sapos y culebras» en favor de la concordia, de la convivencia y dela paz. En cambio, llama la atención ver a veinteañeros o treinteañeros que no han vivido el franquismo y que tienen un resentimiento y una hostilidad contra nuestra democracia que, sinceramente, me parecen impostados.

    Creo que la única independencia que es sinónimo de libertad y la única que conduce al bienestar de los pueblos es la independencia individual, la que desarrolla el pensamiento crítico, lúcido, creativo y, como dicen Les Lutiers, lúdico. Ni Cataluña es hoy por hoy una comunidad oprimida por el estado español ni sus dirigentes políticos, esos iluminados del independentismo, han mostrado la más mínima sensibilidad hacia los problemas sociales de los ciudadanos catalanes más  desfavorecidos.

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