CARLO FRABETTI. «El nudo flojo»

 

 

Cuando en mayo de 2014 apareció mi artículo La coleta y la corbata, ocurrieron dos cosas significativas: al día siguiente Pablo Iglesias dejó de llevar corbata (con una rapidez de reflejos políticos digna de mejor causa) y varias personas, tanto pública como privadamente, me acusaron de dar una importancia excesiva a un detalle anecdótico. Y lo mismo me había ocurrido doce años antes, cuando escribí El velo y la corbata, donde, entre otras cosas, decía: “La corbata es un símbolo (uno de los más relevantes, a pesar de su inofensiva apariencia ornamental) de nuestra cultura patriarcal y clasista… Desconfiemos de los que la eligen. Y combatamos a los que la imponen: no son mejores que quienes obligan a llevar velo o cuelgan crucifijos en las aulas donde las niñas y niños deberían aprender a pensar”.

Las críticas solían centrarse en la última frase. “¿Cómo puedes comparar la corbata al velo o al crucifijo? ¡No es lo mismo!”, me decían. No, no es lo mismo; pero quienes imponen la corbata (que en muchas situaciones sigue siendo obligatoria) no son mejores que quienes imponen otros símbolos patriarcales. Y quienes la eligen como seña de identidad son tan sospechosos como los que llevan una cruz (otra de las críticas que recibo a menudo, y me temo que bastante merecida, es la de repetirme mucho, así que para no hacerlo una vez más remito a mis pacientes lectoras/es a los artículos antes citados).

Dicho lo cual voy a rizar un poco más el rizo -el nudo- de la corbata afirmando que incluso la forma de llevarla es altamente significativa e interpretable. Los más conservadores y quienes la llevan por obligación no se permiten ninguna licencia, por lo que su corbata se ciñe ajustadamente al cuello con un nudo bien apretado. Pero quienes pretenden dar una imagen de “rebeldía dentro de un orden” a menudo se aflojan la corbata, como si pudieran quitársela en cualquier momento, como si proclamaran que no están dispuestos a permitir que su lazo corredizo de ahorcado moral los asfixie. Parecen decir que el sistema aprieta pero no ahoga (como Dios).

La corbata es un símbolo ambiguo, o más bien ambivalente: por una parte, es el emblema del macho dominante, del “señor”, el pendoncillo clasista y patriarcal que lo distingue tanto de la mujer como del obrero; pero, por otra, es una metáfora de la sumisión: el collar y la correa de los perros

guardianes del orden establecido, atados corto y controlados por la mano invisible del amo. Y quienes se aflojan la corbata en público quieren hacernos creer que no se dejan domesticar, que no aceptan los convencionalismos, que han dejado atrás las normas rígidas: que son progresistas, en una palabra. Pero la palabra no es una sino media, porque no son progresistas sino “progres”: progresistas apocopados y apocados, castrados y uncidos al carro del sistema con lazos de seda.

La corbata aflojada es el trasunto indumentario de la socialdemocracia y su ilusión de una “fusión de contrarios” que solo es posible en los sueños y en los delirios: la vana ilusión de luchar contra el capitalismo aceptando sus reglas, su falsa ética y su estética grotesca. No es casual que exhiban la corbata floja payasos del circo político-mediático como el Gran Wyoming o Pablo Iglesias (que desde que es socialdemócrata confeso vuelve a ponérsela de vez en cuando, “porque me sienta bien y me la regaló Ana Rosa”). Como diría mi queridísima Eva Forest, sería de reír si no fuera de llorar.

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