CARLO FRABETTI. “Carnivorismo y locura”

La lógica nos enseña que aceptar una afirmación falsa supone aceptarlas todas. Si dos y dos son cinco, yo soy el Papa. Efectivamente, si 2 + 2 = 5, 2 + 2 = 2 + 3, luego 2 = 3, luego 1 + 1 = 1 + 2, luego 1 = 2. El Papa y yo somos dos; pero como dos es igual a uno, el Papa y yo somos uno, luego yo soy el Papa. Y aunque las operaciones morales no son tan exactas como las numéricas, también están sujetas a las reglas de la lógica elemental.

La ética se parece más a la geometría que a la aritmética (no en vano decía Platón -el sumo moralista que afirmó que quien busca el bien ajeno encuentra el propio- que en su Academia no tenía cabida quien no supiera geometría): hay que partir de unos axiomas indemostrables, que en ética se llaman principios; pero una vez aceptados, la valoración de la conducta responde a una lógica interna que no admite contradicciones (aunque sí, por supuesto, situaciones dudosas), y, como en todo sistema lógico, aceptar una falacia cualquiera supone abrir la puerta a cualquier otra.

Por ejemplo, en el marco de una ética que cuente entre sus principios básicos el respeto a la libertad y a la dignidad, la tortura es inadmisible, y aceptarla supone aceptar todo tipo de aberraciones. Si el Estado ejerce la extrema violencia de la tortura (y de hecho lo hace habitualmente y de diversas maneras), cualquier organización subversiva que defienda cualquier otra forma de gobierno o modelo de sociedad también puede recurrir a la violencia, y lo que los poderes establecidos llaman “terrorismo” no es sino un epifenómeno del terrorismo de Estado.

Es frecuente que los carnívoros intenten justificar su aberración alimentaria alegando que no hay más remedio que matar para comer, lo cual no solo es una idiotez moral, sino una idiotez a secas. Y algunos van aún más lejos y afirman que no hay una diferencia sustancial entre comerse una manzana y comerse a un cordero (“a un cordero”, no “un cordero”, como dicen los especistas para cosificar a los animales no humanos). Y del mismo modo que si dos y dos son cinco yo soy el Papa, si da lo mismo comerse a un cordero que una manzana, también da lo mismo comerse a un niño asado, pues la distancia filogenética entre el niño y el cordero es mucho menor que la que separa al cordero de la manzana (para pensar que un cordero está más cerca de una manzana que de un humano, hay que creer que este

posee un alma inmortal que lo hace infinitamente superior a cualquier otro animal; es decir, hay que tener el cerebro embotado por lo que Marx justamente definió como el opio de los pueblos). Y aunque hay que ser tan estúpido como Fernando Savater para decir que “los animales no tienen derechos porque no tienen deberes” (por la misma regla de tres, los bebés y los dementes tampoco tendrían derechos), quienes intentan justificar las corridas de toros o la caza, aunque sea con argumentos menos burdos, incurren en una falacia nuclear cuya aceptación equivale a justificar cualquier otra forma de atropello o crueldad (si tú, miserable torero, tienes derecho a torturar y matar a un toro porque eres más listo que él, yo tengo derecho a torturarte y matarte a ti porque soy más listo que tú).

En el marco de nuestra supuesta escala de valores, una persona que disfruta matando o viendo matar es, en el mejor de los casos, un enfermo, y en el peor, un canalla redomado. Sin embargo, cazadores, taurófilos (taurófobos, en realidad) y otros torturadores no suelen ser objeto del desprecio que merecen, e incluso gozan de protección legal y de considerable atención mediática, lo que demuestra, por si cupiera alguna duda, que la moral al uso es una farsa grotesca.

¿Y qué decir de quienes siguen comiendo carne a pesar de ser conscientes del horrible sufrimiento que la industria alimentaria inflige a millones de animales filogenéticamente próximos a nosotros? (Por no hablar de los enormes perjuicios económicos, ecológicos, dietéticos y sanitarios del carnivorismo). No es una pregunta retórica, porque realmente no sé qué decir. Conozco a bastantes carnívoros que no son malvados ni idiotas; pero cuando intento razonar con ellos sobre esta cuestión fundamental, parecen entrar en trance y llegan a decir cosas tan delirantes como: “Sé que tienes razón, pero no puedo dejar de comer carne”. Los psicólogos lo llaman disonancia cognitiva; pero ponerle nombre no lo hace menos difícil de entender.

También conozco a personas buenas e inteligentes que son o dicen ser católicas, lo que, en última. instancia, significa vincularse en alguna medida a la organización criminal más nefasta de todos los tiempos. Y puede que ahí esté la clave: el carnivorismo es una religión -una manera primigenia e irracional de ligarse al mundo- inculcada desde la más tierna infancia (tanto del individuo como de la especie), y superarlo cuesta tanto como librarse plenamente de la maldición bíblica (o sea, de la propia Biblia y su nefasto legado). Tiene razón Santiago Alba Rico cuando en su grotesco artículo La alegría de pedir perdón a un pollo dice que “el arte

culinario o gastronomía es la prolongación histórica de los sacrificios antiguos”. Lo que no dice (dado su reiteradamente proclamado “conservadurismo antropológico”) es que esos sacrificios solían ser -al igual que el supuesto “arte culinario” actual- sanguinarias prácticas dictadas por el miedo y la ignorancia, un miedo y una ignorancia que ya va siendo hora de ir superando.

Del mismo modo (y por parecidas razones) que el amor es el mito nuclear de nuestra cultura, el carnivorismo -la idea de que es necesario o cuando menos conveniente comer carne- es una de sus falacias básicas.

El hambre, el sexo y el miedo son las tres pulsiones primarias de todos los animales, incluidos los humanos, y construimos nuestras sociedades y nuestras culturas -nuestras relaciones y nuestros relatos- a partir de ellas y alrededor de ellas. El mito del amor romántico preside y regula nuestra sexualidad, de forma a veces explícita y otras solapada; la falacia del carnivorismo es nuestra respuesta irracional e incontinente al hambre, la más apremiante de las pulsiones; la religión y otras leyes -ya sean grabadas en tablas de piedra o en efímero papel- intentan aliviar el miedo, que es en primer lugar miedo a la muerte y en segundo lugar miedo a nosotros mismos.

Empero, aunque abandonar el carnivorismo sea psicológicamente tan difícil como superar la religión o el mito del amor romántico, cuesta entender que aún esté tan arraigado a pesar de las abrumadoras evidencias de todo tipo en su contra. Nuestra despiadada rutina alimentaria es, entre otras cosas, la principal causa del cambio climático y de otros desastres ecológicos y sanitarios, y por si fuera poco comer carne es dietéticamente nocivo, según advierte la propia OMS; y sin embargo solo un pequeño porcentaje de la población elige el vegetarianismo. No son las vacas las que se vuelven locas, sino quienes se las comen, y son sus cerebros los que se esponjan. Afortunadamente, el proceso no es irreversible. Y el remedio es sencillo: pensar con la cabeza y el corazón, en lugar de con el vientre.

 

Lee y Comparte. Ayuda a que la contrainformación llegue a más personas.Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someone

Comentar