ALFONSINA, RUBÉN y PAULO. Prólogo del libro “El pensamiento social de Jesús Santrich”

 Jesús Santrich: Pensar Nuestra América en el capitalismo tardío

(Alfonsina Storni, Rubén Darío y Paulo Freire)

 

Presentación a El pensamiento social de Jesús Santrich (Antología)

 

¿Terrorista?

¿Narcotraficante?

¿Se han vuelto locos?

Figuras simiescas, sonrisas góticas, declaraciones

altisonantes, zócalos periodísticos “neutralmente

valorativos” repiten una noticia disparatada. Acaban de

apresar al militante revolucionario colombiano Jesús

Santrich. Un pensador rebelde.

Según nos advierten todos los noticieros… ¡Ya no

sería comunista! [Risas del coro]. De tanto escuchar —

pues no puede ver— las novelas de la bendita TV se

convirtió en un émulo contemporáneo de Pablo Escobar.

Caramba. Retruécanos. Recórcholis Batman.

¿Quién lo busca y lo encarcela?

Las fiscalías del Estado colombiano que se pasaron

décadas inventando “falsos positivos” (léase, legitimando

el asesinato extrajudicial y a sangre fría de civiles

disfrazados de guerrilleros, enterrados en fosas NN, por

los cuales se cobraba buen dinero).

¿Quién lo acusa?

La misma institución que en la inigualable serie

Breaking Bad, en medio de la locura y la corrupción

generalizadas, es retratada como un coro de ángeles

vírgenes y puritanos: la famosísima y nunca bien

ponderada DEA estadounidense [Drug Enforcement

Administration – Administración para el Control de

Drogas].

Sí, señora, sí, señor. Exactamente las mismas mafias

estatales-gubernamentales del bochornoso Irangate,

aquel affaire Iran-Contras que con dineros sucios del

narcotráfico financiaron la contrarrevolución antisandinista

en América Central (cuyos máximos seis

responsables fueron finalmente indultados en 1992 y hoy

gozan de absoluta libertad).

Los mismos que hasta el día de hoy manejan “el

negocio” de una manera tan cruel y despiadada que haría

sonrojar a Don Corleone y a cualquier personaje horrendo

de El Padrino de Francis Ford Coppola. Los “capos” de

guante blanco que están “limpiando” México, barriendo

con todo opositor o disidente, colgando gente de los

puentes y mutilando cuerpos en la calle, para despejar el

avance de las multinacionales sobre el petróleo que supo

nacionalizar Lázaro Cárdenas en la década de los años

’30.

Esa misma gente tan poco confiable y tan poco

creíble tiene la desfachatez de acusar a Jesús Santrich.

No, no es una novela colombiana del mediodía. Tampoco

es una serie de aventuras y mafiosos de Netflix. Son

noticias pretendidamente “serias” de la CNN y todos los

monopolios de desinformación que controlan y manipulan

la opinión pública a escala planetaria. Una época donde el

espacio plano de la imagen pretende correr a los codazos

al tiempo profundo de la historia. La verdad ya no cuenta.

Lo importante es relatarlo con buenas imágenes y en

forma verosímil (aunque sea por una semana, luego todo

el mundo se olvida). Capitalismo tardío al fin de cuentas.

Por eso hemos decidido dar a conocer su

pensamiento íntimo: la escritura, el arte y la concepción

social profunda de este líder insurgente, bolivariano y

comunista. Aunque usted no lo crea, aunque tú no lo

entiendas, es la misma persona que en la TV pretenden

presentar como una especie de caricatura terrorista que

combina en forma ridícula a Pablo Escobar con Stevie

Wonder o Ray Charles.

¿Quién es, qué piensa y cómo vive Jesús Santrich,

por detrás de su pañuelo palestino y sus espejuelos

oscuros que con elegancia ocultan sus evidentes

problemas oculares?

En primer lugar es un ser muy querible, un

compañero entrañable, un gran amigo. Afectuoso y

cariñoso con todos y todas las rebeldes del mundo.

Chistoso e irónico a más no poder. No sólo con los demás

sino con él mismo, sus adversidades y desventuras

cotidianas. Lo recordamos en la selva fangosa, cubierta

de barro por todos lados, riéndose casi a carcajadas de su

propia persona, contándonos y enumerando todas las

veces que había destruido sus queridas flautas de caña…

¡sentándose encima de ellas —en un ámbito bien alejado

de las casas de música— y escuchando su crujir por no

haber podido verlas en su cama! En lugar de lamentarse

e insultar, como haría cualquier mortal, se reía de sí

mismo. Si le pedíamos una melodía especial había que

esperar días y días para que algún mensajero trajera un

nuevo instrumento musical de algún otro campamento.

Ninguno de sus supuestos acusadores, ni el “policía

bueno”, hoy presidente Santos, ni el “policía malo”, el ex

presidente Uribe, ni los patrones de ambos policías

criollos, las agencias de inteligencia estadounidense de la

CIA, la NSA, la DEA, los oficiales del Pentágono o sus

primos del MOSSAD pueden o son capaces de reírse de sí

mismos. Tienen excesivo temor. Están demasiado sucios.

Viven paranoicos porque se sienten los más odiados del

planeta por todos los desmanes y fechorías crueles e

ilegales que cometen a diario. La risa espontánea, sana y

limpia les resulta ajena y desconocida. Incluso

sospechosa.

Sólo conocen la mueca perversa que festeja la

muerte del “enemigo”. Como cuando permitieron,

orgullosos de su barbarie moderna, el linchamiento

despiadado de Kaddhafi (por algo Howard Zinn y muchos

antropólogos, críticos del racismo, han reconstruido y

destacado esa curiosa y repetida costumbre

estadounidense de linchar al “adversario”, hábito que

viene de la propia independencia de 1776 y que se

prolonga monstruosamente con el Ku Klux Kan y otras

instituciones similares de la gran democracia del norte).

Recordemos que el “policía bueno”, también conocido

como “pacificador”, el actual presidente Juan Manuel

Santos se paseó en sus tiempos de ministro, exultante y

eufórico, frente al cadáver mutilado y todavía caliente del

insurgente Martín Caballero con una sonrisa que

ruborizaría al marques de Sade (pídanle a la prensa que

muestre esas fotografías del “presidente de la paz”

ocultadas por Santos durante una década. En ese país el

único terrorista no es Uribe).

La sonrisa despiadada y la alegría desbordante ante

la muerte no es sinónimo de fortaleza. Por el contrario,

expresa temor. Paranoia. Inseguridad. La ilusión de

postergar para más adelante la justicia que tarde o

temprano vendrá a pedir explicaciones por tanta barbarie

capitalista y tanto genocidio “democrático”.

Por contraposición, el humor irónico y sardónico, tan

característico de los revolucionarios de verdad condensa

la solidez ética y moral de quien lo practica, en forma oral

o escrita. Responda al nombre de Roque Dalton, se llame

Jesús Santrich.

En las montañas, mientras se dedicaba a emitir una

radio clandestina (la “cadena radial bolivariana, voz de la

resistencia”) Santrich jamás pidió ni exigió privilegios.

Caminaba horas y horas como cualquier hijo de vecino, en

medio del barro, la fría humedad y las altas cumbres.

Hacía la misma vida en común de cualquier guerrillero o

guerrillera. Por eso siempre fue tan respetado en sus

propias filas. Predicaba con el ejemplo, como aquel

muchacho bastante conocido que, si no recordamos mal,

se llamaba más o menos así: Ernesto Che Guevara.

Y eso que a Jesús Santrich (o “Trichi” para sus

amigos y amigas) caminar por el barro a todo vapor le

implicó más de una vez chocarse contra algún inoportuno

árbol que se cruzaba en el medio sin luces ni aviso

alguno. No importaba. Golpe. Risas. Ironías. Bromas.

Voluntad y decisión de seguir cumpliendo las tareas como

cualquier otro u otra, siempre adelante, a pesar de sus

limitaciones visuales.

—¿Todo bien Santrich?

—Sí, todo Viet-nam, era uno de los chistes repetidos en su

círculo de compañeros y compañeras.

Tomando en cuenta aquella voluntad inquebrantable

y a toda prueba… las agencias estadounidenses y sus

fiscalías sumisas locales quizás se equivocaron al elegir el

personaje para realizar el previsible y poco original

montaje de “guerrillero-narco”, buscando quebrar lo que

no se puede romper.

Pensando en la selva, remando en un río cuya

corriente va en dirección opuesta, caminando en el barro

y durmiendo en sencillas caletas (pequeñas camas

improvisadas entre los insectos y las ramas de los

árboles), Santrich combinó durante décadas la reflexión

teórica, de la cual esta humilde y breve antología quiere

ser expresión, la práctica literaria, la composición

musical e incluso el dibujo (cuando todavía podía ver),

junto con sus tareas prácticas y mundanas de guerrillero

de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-

Ejército del Pueblo. Y en ese incesante y repetido

ejercicio de voluntad, con una vista que se iba apagando

sin remedio, desarrolló un marxismo muy refinado, sutil y

contemporáneo. No a pesar de estar en la montaña y la

selva sino precisamente por pararse desde allí, desde lo

más profundo de Nuestra América, su pensamiento se

desplegó acorde a su modo de vida.

Retomar a Bolívar, libertador insurgente que

recorrió el continente en mula y con las ropas más

humildes, y hacerlo desde la concepción social de Marx,

amalgamando y fusionando al mismo tiempo las

cosmovisiones de nuestros diversos pueblos originarios

(no hay una única cosmovisión ancestral sino muchas)

con lo más rico, heterodoxo y vital del marxismo de

nuestros días. Ese fue y es uno de los grandes aportes de

Trichi.

Bloch lo hizo en su época y tiene cédula de

identidad. Benjamin se animó y goza de prestigio

indiscutido. ¿Puede un guerrillero tercermundista

ensayar un marxismo hereje, que no teme “contaminarse”

en el diálogo con las culturas y la espiritualidad de las

comunidades originarias (“los indios”, para usar una

expresión etnocéntrica y fácilmente comprensible por el

sentido común racista hoy hegemónico)?

A decir verdad, Santrich no tuvo que esperar a

encontrarse con la filosofía de la liberación judía de Ernst

Bloch o Walter Benjamin ni con la teología de la

liberación cristiana de Camilo Torres, Gustavo Gutierrez,

Leonardo Boff o Enrique Dussel para reencantar su

marxismo e inundar de espiritualidad revolucionaria su

lectura de la historia popular de Colombia y de toda

Nuestra América.

Compartiendo largas jornadas con la palabra de los

viejos Mamos, ancianos sabios de las comunidades

ancestrales y originarias de la Sierra Nevada y otras

montañas de Colombia, Santrich fue entretejiendo, sin

grandes estridencias para no espantar a compañeros

marxistas ortodoxos ni herir susceptibilidades, todo un

modo de (re)encontrar en Marx no sólo el indianismo del

amauta peruano Mariátegui, hoy cultivado por Álvaro

García Linera o los zapatistas, sino también, junto a las

cosmovisiones ancestrales (mucho más “ecologistas” que

el ecologismo de Greenpeace), la espiritualidad cultural

que había sido arrebatada o reprimida en tiempos de

Stalin y sus seguidores posteriores.

A esta altura ya sabemos con la ayuda del

compinche y camarada Sigmund Freud que todo lo

reprimido regresa mucho más agresivo y con ropajes

atávicos completamente inesperados. No resulta casual

que en los países donde se pretendió imponer por decreto

el “ateísmo científico” terminó retornando la religión con

sus rostros más reaccionarios, conservadores,

institucionales e incluso racistas, patriarcales y

xenófobos.

Polonia es, si se quiere, un caso emblemático, donde

el “gran demócrata” Lech Walesa, admirado al mismo

tiempo por Ronald Reagan, Karol Woytila [Juan Pablo II] y

hasta por no pocas sectas trotskistas occidentales que

bautizaban a sus periódicos “Solidaridad”

homenajeándolo, cuando subió al poder le echó la culpa

de todos los males económicos de su país….¡a los judíos!

(no al sionismo israelí sino… al judaísmo a secas,

recreando el mejor estilo neonazi europeo, revestido de

religión sacerdotal y recargado con lo más reaccionario

de la institución eclesiástica del poder que siempre ha

enfrentado y perseguido al cristianismo popular y las

comunidades de base. Como cuando Juan Pablo II

persiguió a Ernesto Cardenal en Nicaragua y a Leonardo

Boff en Brasil mientras apoyaba a Margaret Thatcher en

Inglaterra y a Ronald Reagan en EEUU, llegando al

extremo de modificar la oración religiosa del

padrenuestro para que no diga “perdona nuestras

deudas”… sino “nuestras ofensas”….en plena crisis de la

deuda externa latinoamericana).

Por eso ese marxismo romántico y anticapitalista

que desde Bloch y el joven Lukács a Walter Benjamin,

desde Mariátegui y Ernesto Cardenal a Jesús Santrich

viene reclamando una mirada completamente crítica del

economicismo de antaño —falsamente adoptado como

canon de “ortodoxia marxista”— resulta muchísimo más

peligroso, corrosivo e imparable para las industrias

culturales del sistema que los esquemas de pizarrón del

marxismo de kiosco.

Frente a las iglesias electrónicas y su tramposa

esperanza salvacionista de media hora que día a día van

conquistando cuerpos explotados, mentes humilladas y

corazones humildes, solitarios y sin familias en cada uno

de nuestros pueblos, frente a la autoayuda individualista

y comercial, frente a un budismo de billetera abultada y

dieta macrobiótica artificial tan promovido desde el

marketing empresarial, ¿qué mejor antídoto que este

marxismo revolucionario donde lo espiritual y lo

específicamente cultural de nuestros pueblos no quedan

relegados como una “desviación pequeño burguesa”?

En la Academia hoy ya es aceptado que el marxismo

implica necesariamente una aguda crítica de Caliban y la

Modernidad capitalista (Roberto Fernández Retamar,

Bolívar Echeverría o Franz Hinkelammert) y un

pensamiento crítico de la colonialidad del saber (Aníbal

Quijano y Enrique Dussel), que se desarrolló al calor de la

dependencia (Ruy Mauro Marini y Theotonio Dos Santos).

Pues bien, los escritos, cuentos y poemas de Jesús

Santrich pertenecen a esa misma constelación

nuestroamericana.

Sin escritorio, sin cubículo, sin tizas ni power point.

Sin la posibilidad de comprar libros por Amazon. ¿Es

posible pensar? ¿Es posible escribir? ¿Es posible

compartir el saber acumulado y las reflexiones

masticadas durante décadas entre los grandes árboles de

la selva?

Trichi no llegó a esas conclusiones desde la

tranquilidad silenciosa de un año sabático en alguna

universidad europea, sino caminando la espesura de las

montañas de Colombia, en medio de bombardeos

devastadores y practicas genocidas del ejército

colombiano (asesorado por tropas gringas asentadas en

varias bases militares en territorio extranjero que no le

pertenece). Allí, en esas montañas y selvas, las bibliotecas

están escondidas y ocultadas en medio de la arboleda,

llenas de polvos para evitar que millones de insectos

devoren los libros, preservados y cuidados como las joyas

más preciadas.

Todas las biografías periodísticas escritas de apuro

remarcan ahora, ante el inesperado y delirante

encarcelamiento de Santrich, que él pudo estudiar en la

universidad del Atlántico y en un posgrado de historia

antes de incorporarse a las FARC-EP. Pero estamos

segurísimos que lo más rico de su pensamiento se forjó al

calor de la insurgencia. Es, tan solo, una hipótesis (¿tal

vez una intuición?) que quizás resulte equivocada. Alguna

vez cuando lo volvamos a encontrar, se lo preguntaremos.

Porque estamos seguros que Santrich resistirá y con él

todas las personas dignas y rebeldes que siguen luchando

y resistiendo en su sufrido país.

Jesús Santrich es peligroso, sí, hay que admitirlo.

Pero no por supuestas vinculaciones con el cartel narco

de Sinaloa, por pretendidas prácticas “terroristas” ni por

cualquier otra leyenda inventada en las oficinas de

Langley, Virginia (sede de “la compañía”, vigilante

mundial). Santrich es peligroso porque su pensamiento

político y teórico se inserta en lo más creador y sugerente

del marxismo latinoamericano que tuviera a José Carlos

Mariátegui y a Ernesto Che Guevara como máximos

exponentes.

“Lo esencial es invisible a los ojos”, recordaba un

conocido libro infantil. Quizás su ceguera le permita ver

más lejos que nosotras y nosotros, ¿quién lo sabe?

Seguramente por eso molesta tanto. De allí que

pretendan castigarlo y encarcelarlo. Para ejemplificarnos.

Las burguesías no olvidan ni perdonan las herejías.

El imperialismo tampoco. Ilusorio e ingenuo —cuando

menos— quien fantasee con un “borrón y cuenta nueva”.

Nada de eso. Ninguna clase dominante se suicida

alegremente. Persigue a sus enemigos de clase hasta el

último aliento y el último minuto (salvo que los

perseguidos se quiebren o se vuelvan conversos y

traidores, que evidentemente no es el caso de Santrich).

No lo dejarán de hostigar, haya firmado lo que haya

firmado. Manuel, el viejo Manuel, lo tenía muy en claro.

Y sí, Santrich es un enemigo de las burguesías y el

imperialismo. ¿Qué “terrorista” y qué “narco” se toma el

trabajo de leer y estudiar las Obras Completas de Simón

Bolívar? ¿Qué negociador de cocaína, lumpen y

descompuesto, se lee hasta la última carta de la

Correspondencia de Marx y Engels? ¿Desde qué bunker

narco alguien se animaría a entrecruzar y fusionar en una

afinidad electiva a Ludwig van Beethoven, Schiller, Graco

Babeuf y Karl Marx? ¿Qué cartel de delincuentes y

mafiosos haría negocios con un poeta que canta la voz

silenciada de la Pachamama mientras documenta con la

paciencia de un ratón de biblioteca la cronología de la

insurgencia colombiana como quien estuviera escribiendo

una tesis doctoral?

Esta antología-collage se inspira en el poema-collage

de Roque Dalton dedicado a Lenin. En ella, Trichi, Jesús,

Santrich, transita diversos géneros, temáticas y

disciplinas: desde los ejes de discusión de la

historiografía social de la conquista europea, la

resistencia indígena y popular, pasando por las primeras

guerras de independencia donde brillaron Bolívar y

Manuelita, hasta los debates de la filosofía de la praxis y

la concepción materialista de la historia en los clásicos

del marxismo, sin abandonar ni soslayar la reflexión

estética sobre la poesía, el dibujo e incluso hasta la

música del romanticismo. En su conjunto, todos estos

materiales condensan décadas de estudio y reflexión del

marxismo comunista y bolivariano. Estudios desarrollados

en plena guerra y desde el propio terreno del conflicto

armado.

Ya sabemos con el Che Guevara que sin la moral

comunista, la mera repartija económica no nos interesa.

Ya aprendimos con Rosa Luxemburg que el socialismo del

futuro no puede ser exclusivamente un asunto de cuchillo

y tenedor. Jamás, pero jamás olvidamos a Manuel

Marulanda cuando nos alertaba que todos nuestros

esfuerzos y nuestras luchas tienen por finalidad la

conquista revolucionaria del poder.

Entonces recordando hoy a Trichi, amigo y

compañero entrañable (que apenas se contenía en el

llanto cuando se enteraba que algún militante había sido

capturado o alguna compañera había sido asesinada),

damos a conocer de forma conjunta y en un mismo

volumen lo que ya circulaba de manera dispersa y

desperdigada. Creemos que sólo nos faltó conseguir en

versión digital los cuentos breves y relatos tayronas, pero

seguramente otras amigas y amigos los encontrarán. Sólo

tenemos la versión impresa de dicho volumen, pero no

queremos demorar más la aparición de la antología. Las

urgencias políticas de la hora nos lo demandan.

Ojalá este libro-collage sirva para despabilar la

modorra y la pereza mental de quienes siguen creyendo

en la supuesta “neutralidad” de la CNN, las operaciones

de guerra psicológica de “la compañía”, los montajes de

los delincuentes y mentirosos seriales de la DEA, los

falsos positivos de fiscales y jueces criollos por encargo.

Jesús Santrich, peligroso para el sistema de los

ricos, querido por los pueblos rebeldes y admirado por la

juventud, no se resigna. Se mantiene íntegro en la

resistencia, comenzando en estos momentos una huelga

de hambre. Para él y su justa causa (incluyendo las presas

y presos políticos aún sin liberar), todo nuestro cariño,

nuestro abrazo fraternal y nuestra solidaridad militante.

Desde las entrañas del monstruo, en una tarde gris y

Triste

 

Alfonsina, Rubén y Paulo

 

Abril de 2018

 

Para leer todo el libro clicar aquí: Pensamiento social de Jesús Santrich (Antología)

 

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